
Estaba perdido en un bosque, sabía de hadas y de duendes malvados pero no le había importado seis horas antes, cuando el reloj apuntaba las cinco de la tarde y el crepúsculo aún no amenazaba con caer. Su mamá le había dicho a su abuela que no más de esas historias por un tiempo, que empezaba a ver cosas que no eran, pero él estaba seguro de que existían, él había visto a esas mujeres en miniatura, y también, aunque le diera un poco de miedo reconocerlo, a esos diminutos hombres con trajes de irlandeses y gorritos simpáticos, zapatitos de hebillas ridículas y mayas a rayas blancas y rojas, tenían colmillos enormes y unas garras muy picudas, ellas por el contrario eran bonitas por naturaleza y las habías de muchos tipos; con alas, sin alas, de tierra, de agua, de viento, de fuego, rubias, pelirrojas, morenas, a cabellos castaños y anaranjados, verdes azules y rosas, de todos colores y sus ojos a tornasol ardiente, lo único que todas tenían en común, eran esas inmensas sonrisas que, como decía su abuela, reflejaban bondad y ganas de jugar con los niños buenos, cómo él, bueno, no era de niños buenos escapar de casa para buscarles, no pretendía nada malo, sólo quería que su mamá lo entendiese al verlas, había magia, le parecía tan triste que su mami siendo tan inteligente, no pudiese ser testigo de semejante espectáculo, la abuela decía que desde la muerte de su padre, su madre había alegría que tanto le caracterizaba, el no recordaba a su madre sonriendo, pero más que un hada, él quería verle animosa como en los relatos que su abuela le contaba, sobre la infancia de su madre. Pensaba, que las hadas, como seres mágicos, tendrían que devolverle su alegría a su madre, él le juró que las había visto, pero ella no lo creía, pensó que sería buena idea ir en busca de una y pedirle que se presentara ante los ojos de su madre, no había sido una buena idea después de todo, ahora estaba perdido, en ese bosque con apariencia celtica, y tenía miedo, había peligros y él lo sentía, tanto temor, y el temblorcito en sus piernas se hizo presente: “un tengo miedo” los ruidos y el crujir de las ramas que anunciaban sus pasos le hicieron tomar una decisión, paró en seco sus pasos rápidos, con la luz de luna que se filtraba entre las ramas secas de los árboles encontró un lugar seguro. Trepó a un árbol muerto y entonces pudo ver que no era la luz de la luna lo que le había permitido ver, copitos de luces a tonos pastel, rosas en su mayoría, flotando en el aire como si de burbujas de jabón se tratase, con sus ojitos abiertos en su totalidad, el niño trató de enfocar su vista, las luces fueron desapareciendo, y en su lugar dejaron a destellantes señoritas sin alas, con vestidos de flores y risitas casi inaudibles y se acercaban hacía él. Pensó en las hadas, eran ellas, habían acudido a él porque estaba perdido, de eso estaba más que seguro, comenzaron a acercarse, pero la tranquilidad comenzaba a esfumarse, sus piernas colgaban de la rama, ahora le parecía más alta de lo que había escalado, las risas de ellas se hicieron más fuertes, las lagrimas invadieron sus ojos, tenían garras y le miraban de manera horrible, escurriendo un liquido verde de sus bocas… tuvo miedo, una de ellas, parecía ser la líder, se abalanzó sobre el niño mientras éste cerraba los ojos esperando el impacto que nunca llegó, después escuchó varios gritos de ellas, abrió los ojos, hombrecitos con vestimentas irlandesas comenzaron a defenderle…, y lucharon, y ganaron, les llamó el niño, dio las gracias y sus ojos comenzaron a cerrarse, lo ultimo que vio con esa mirada nublada fue a un hombrecito pelirrojo despidiéndose de él y pensó “ojala ella pudiese verte”. Cuando abrió los ojos tardó un poco en acostumbrarse a la luz, lo había visto todo blanco por un momento. Restregó sus manos sobre sus ojos para quitar el poco sueño que tenía… y se dijo: “de nuevo ese sueño”. Siempre, desde que era niño, cuando tomaba la siesta en el jardín, tenía ese extraño sueño, él buscando hadas y los duendes protegiéndole de ellas. Interesante, pero le parecía absurdo que a su edad siguiese soñando con esas cosas. Sin más se marchó hacia su habitación, su abuela llegaría hoy en unas horas, quería ir a recibirla a la estación de trenes una figurita del tamaño de un pulgar se sonrojaba al verle otra vez. Había ayudado a ese niño, hacía tantos años, ahora era lindo verle dormir, y esperar hasta que el sueño terminaba para poder escucharle decir, entre murmullos de sueño: “ojala ella pudiese verte”. Eso le serbia de mucho, recordaba porque lo había hecho, el favor que le costó el exilio de sus tierras, mostrarse ante una madre humana, platicar con ella el resto de la noche, prometer no hablar de él… todo valía la pena después de todo.